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supervision en Terapia gestalt P Peñarrubia

Publicado el 6 de Septiembre, 2006, 6:08. en General.
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La Supervisión Gestáltica de Paco Peñarrubia

 

Tomado de:  Gestalt de vanguardia

Naranjo, Claudio (2002). SAGA ediciones. Argentina. PP. 68-88

 

 

Parte 1

 

Cuando conocí a Paco, él ya era una persona muy querida entre los gestaltistas españoles e internacionalmente reconocido (aparte de ser el presidente de la Asociación Española de Terapia Gestalt). Hoy en día, después de los años de entrenamiento superior que ha representado su participación en mis intermitentes talleres en España, ha llegado a un grado poco común de madurez aun entre psicoterapeutas, y puede decirse portador del manto entre  los que encarnan aquella "Gestalt según el espíritu de Fritz", a la que me he referido en Gestalt sin fronteras.(4)[1] Tiene fama ya de transmitir una Gestalt genuina, que no produce técnicos sino gente arriesgada y comprometida; en un brindis que tuvo lugar en la Alcaldía de Madrid, con ocasión del segundo congreso internacional de Gestalt, hablé de Paco como "una hormiguita" que había trabajado mucho con humildad.

 

Hoy en día puedo agregar que, como Fritz en sus años de maestría, no ha dejado de trabajar en sí mismo. Puedo agregar que Paco ha sobresalido no sólo en su práctica y enseñanza de la Gestalt: diría que su apertura y autenticidad, así como la salud de sus relaciones personales —menos plagadas de competencia o ansia de poder que en otros de su renombre—~, lo hacen una persona singular en la Gestalt internacional. Tiene buena mano para convertir a sus pacientes o alumnos en buscadores, que terminan embarcando en un camino que va más allá de solucionar sus problemas o de ganarse bien su vida. Y ya existen varios institutos creados por gente que se formó con él, que actualmente es director de la Escuela Madrileña de Terapia Gestalt. Les va bien, porque tienen cierto "sello".

 

C.N.

 

I.                   La supervisión gestáltica

 

Si reflexionamos sobre el oficio de terapeuta y cómo se adquiere esta habilidad, estaremos de acuerdo en que, clásicamente, se han tenido en cuenta tres factores: el aprendizaje, el proceso personal y la supervisión. Sobre el aprendizaje o la formación existen dos tendencias predominantes. Una, más vivencial: se aprende viendo impartir la terapia (y Fritz Perls decía que quien quisiera aprender Gestalt, que asistiera a sus talleres y lo viera trabajar); otra, más intelectual o discursiva, que pasa por leer, estudiar, reflexionar sobre los problemas de la relación, la intervención, el encuadre terapéuticos. Ambas son complementarias, si bien hay formadores que responden más al primer modelo (maestro-aprendiz) y otros al segundo (profesor-alumno). (p.69)

 


Sobre el proceso personal, todas las terapias introspectivas (desde el psicoanálisis hasta los múltiples enfoques humanistas) consideran imprescindible que el futuro terapeuta haya sido paciente, aunque sólo sea para conocer el efecto de la terapia y tener la vivencia del proceso desde "el otro lado”. Luego, hablaremos más en profundidad sobre la importancia capital del trabajo personal en la formación del terapeuta. La supervisión, como tercer elemento, se ha entendido tradicionalmente como la herramienta para corregir las deficiencias del terapeuta principiante. Esta concepción, que procede del modelo médico, concibe al supervisor desde un posicionamiento jerárquico, como la misma palabra indica: una mirada desde arriba, una visión de superioridad basada generalmente en los conocimientos. En este sentido, las actividades más habituales de la supervisión han sido revisar y precisar el diagnóstico, preparar el plan de tratamiento y proponer vías de abordaje.

Además de aprendizaje, terapia personal y supervisión, hay un cuarto factor sumamente didáctico para el aspirante a terapeuta, que Claudio Naranjo expone en La vieja y novísima Gestalt: la explicitación, por parte del profesional experto, de por qué hizo esto o aquello; pocas veces se tiene acceso a la conciencia y a la percepción del terapeuta mientras trabaja, de ahí la importancia de este documento en forma de notas a pie de página (sesiones de Len y Richard), una especie de autosupervisión enormemente útil para la enseñanza.

Si nos centramos en la supervisión gestáltica, es muy poca la literatura disponible (1) no sólo específica de la terapia Gestalt sino de la supervisión en general, así como de la contratransferencia (en comparación con la abundancia de textos sobre transferencia), lo cual hace pensar en las dificultades que tenemos los profesionales para reflexionar personalizadamente sobre nuestro quehacer.

Harman y Tarleton (2) señalan como uno de los métodos principales de 1a supervisión gestáltica "enfocar la responsabilidad del terapeuta en los problemas terapeuta/paciente". Se prima así la dinámica del "aquí y ahora" y se evita "la esterilidad de hablar acerca del paciente, que remitiría a un allí y entonces. Todo esto coincide con la formulación de la supervisión como "terapia del terapeuta". (3) que define muy acertadamente el estilo gestáltico. Dentro de esta dinámica, los autores antes citados aluden a una serie de problemas que son responsabilidad del terapeuta y que, por tanto, encara la supervisión:

 

+ La falta de conocimientos teóricos. El terapeuta incompetente culpa a la teoría gestáltica de lo que sería propia ignorancia; por ejemplo, si la Gestalt funciona o no con psicóticos, si no puede aplicarse en instituciones públicas, etc., cuestiones que he escuchado repetidas veces en supervisión, y que aluden más a la Gestalt como saco de trucos que como un punto de vista con una sólida base teórico-práctica.

* La rigidez e inflexibilidad del terapeuta con pacientes de carácter similar al de él, que frecuentemente desemboca en un impasse y no se consideran otras alternativas o vías de trabajo capaces de desbloquear la situación.

* Los mecanismos defensivos del terapeuta, que hacen ver como dificultades (p.70) del paciente lo que son proyecciones, retroflexiones, confluencias o introyectos del terapeuta.

Volveremos a tocar estos asuntos más adelante, de distintas maneras; pero vamos primero a hablar del supervisor y de las diferentes formas de practicar su tarea.

 

 

II. Quién y cómo supervisa

 

 

Existen básicamente dos modalidades a la hora de situar al supervisor y su contexto de trabajo: o bien se trata de una covisión o bien de una supervisión, utilizando el juego de palabras propuesto por A. Rams. (4)

 

El primer caso es muy frecuente en la situación de entrenamiento y en la reunión de colegas, y se trata de revisar ínter pares el trabajo de uno de ellos. Durante el entrenamiento, se acostumbra hacer prácticas de terapia donde, como mínimo, se distribuyen estos tres roles: terapeuta-paciente-observador/supervisor. El papel de este último es proporcionar un feedback al terapeuta acerca de su trabajo, y cumple así una función supervisora no tanto por la superioridad de conocimientos (se trata de compañeros de curso) como por la atención distanciada, fruto de la observación. También este rol requiere un cierto entrenamiento (al principio dominan los prejuicios, los proyecciones, etc.) y, en la medida en que el observador desarrolla una actitud de atención y de honestidad, se convierte en un elemento de gran ayuda, proporcionándole al compañero-terapeuta un espejo de sus actitudes, sus comportamientos posturales, intervenciones, bloqueos, tipos de pregunta utilizados, ejercicios o juegos propuestos, etc. Esta "democratización" de la supervisión es tan eficaz como lo que Claudio Naranjo propugna en sus grupos como "terapias recíprocas", es decir, el aprovechamiento de los recursos humanos del grupo, donde cada cual es capaz de ayudar al otro como terapeuta amateur (no investido de autoridad profesional) si se lo entrena en una escucha atenta y en una actitud transparente y real.

El encuentro de colegas para compartir las dificultades nacidas de la práctica psicoterapéutica tiene este mismo sentido de "covisión". Supone enseñarse, revelar aquello que ocurre en la intimidad de la sesión individual (o grupal), así como escuchar los comentarios del otro por lo que tienen de contraste. Esta reflexión entre iguales es tan útil como recomendable, y todo profesional  debería considerarla como una actividad periódica inherente a su oficio.

En el segundo caso, hablar de super-visión en vez de co-visión, ya induce lo que antes comenté de posición superior. Como yo lo entiendo, la figura del supervisor no es tanto desde la superioridad de los conocimientos sino, sobre  todo desde una mayor experiencia y, fundamentalmente, una mayor madurez  personal. Digamos que, como en el caso del buen terapeuta, ha trabajado más sobre sí mismo y ve las cosas desde otro lado. Conviene recordar aquí dos sabias expresiones: aquello que decía Jung de que "sólo el herido cura" y "nadie puede llevar (p.71) a otro más allá de donde él mismo llegó", de profunda  resonancia chamánica y espiritual. Además de este mayor bagaje de trabajo y conocimiento interior, está la experiencia, las "horas de navegación", la costumbre de reflexionar sobre el propio quehacer y de observar el modo de trabajar del otro, todo lo cual proporciona la habilidad para señalar, devolver y, en resumen, serle útil al supervisado en el afinamiento de su pericia terapéutica.

Sobre las formas de supervisar, Harman y Tarleton aluden a la supervisión individual, grupal, in situ, y en tríadas e ínter pares (de estas dos modalidades ya hemos hablado). Cualquiera que sea el formato, la distinción más abarcativa sigue siendo la de "supervisión de prácticas" y "prácticas supervisadas" (A. Rams, 1989).

 

En lo que hace a mi experiencia, acostumbro a supervisar de ambas maneras, y la necesidad de hacerlo vino dada en parte por la propia dinámica del  entrenamiento de profesionales, una vez que se creó la Asociación Española de Terapia Gestalt (1982) y tuvimos que darle una forma más estructurada a la formación de gestaltistas. Hasta entonces, había supervisado esporádicamente  a algunos terapeutas principiantes, siempre a petición de ellos, y en coincidencia con momentos conflictivos en los que acudían a mí con más angustia que deseos de reflexionar sobre su oficio. Entendía que aquello que se me solicitaba no era sino otra forma de terapia, la terapia del terapeuta, y así lo abordaba. Después de muchos años como supervisor, sigo creyendo que ésta es la esencia de la supervisión: un espacio terapéutico donde el profesional observa, se descubre, se cuestiona y aprende de sí. Hay otros muchos aspectos que enriquecen esta tarea: la reflexión teórica, el manejo de la técnica, la comprensión del proceso... pero todos ellos, secundarios.

 

A. Mi experiencia de prácticas supervisadas es dentro de los cursos de formación, donde el ciclo de entrenamiento se completa precisamente con un año de supervisión. Aquí, cada "aprendiz" trabaja con un compañero-cliente ante la mirada del grupo y del supervisor. También cada alumno dirige el grupo de sus compañeros, de forma que conozca al menos esas dos modalidades de intervención: la individual y la grupal (a veces hemos abordado también la experiencia de la coterapia, situación peculiar que tiene sus problemas específicos). En ambos casos, reproducimos una sesión convencional (de 45 a 60 minutos), no se interrumpe al que actúa de terapeuta hasta que da por finalizada su intervención y, entonces, recogemos el feedback del grupo, el del propio cliente (si fue una sesión individual), las observaciones de quien hizo de terapeuta y, finalmente, intervengo yo. El tiempo de feedback y supervisión dura habitualmente lo que la sesión. Según otros estilos, se permite al supervisor interrumpir la sesión, o bien el alumno-terapeuta la detiene para consultar; yo prefiero que el aprendiz atraviese sin ayuda los momentos difíciles en que se encuentre, en parte para que se familiarice con estos vacíos y en parte para que cobre confianza en la fertilidad de éstos. Además, no se trata de "hacerlo bien", en el sentido de aprobar un examen, sino de experimentarse aprovechando la garantía de "laboratorio" que tienen estas (p.72) prácticas. Lo significativo es siempre lo que ocurre, no lo que debería haber ocurrido. Tampoco soy partidario de simular una sesión; por ejemplo, un alumno que ya está ejerciendo como terapeuta y que quiere reproducir el caso de un paciente determinado, con lo cual su compañero-cliente tendría que simular dicho caso y "hacer" de psicótico, por ejemplo, o de persona rígida o de permanente descalificador, etc. Otro ejemplo: quien va a trabajar como terapeuta le pide al grupo de compañeros que actúen como amas de casa o como adolescentes conflictivos o como alcohólicos... ya que quiere reproducir su situación habitual de trabajo con grupos de estas características. Un estilo de supervisión psicodramática, con su planteamiento de la escena, su caldeamiento, su acción, sus egos auxiliares, etc., se adecuaría mejor a este tipo de situaciones; yo he experimentado este abordaje con profesionales argentinos de la escuela de Pichón Riviére y reconozco su eficacia en este contexto, pero las veces que en grupos de Gestalt se han propuesto estas situaciones simuladas he observado que se prestan a actitudes falsas, a ocultamientos del terapeuta, a agresiones indirectas y a todo tipo de confusiones del "como si"; por eso prefiero que la práctica se desarrolle en términos de aquí y ahora reales (bastante artificiosidad conlleva este contexto de laboratorio al que antes aludía) y, si entendemos que la supervisión se centra sobre todo en el terapeuta, aquí tendremos ocasión de observar su escucha, su presencia (o la ausencia de ambas), cualquiera que sea el cliente o grupo que encare.

 

B., La otra forma, a la que hemos denominado supervisión de prácticas, es la más habitual con terapeutas principiantes, que traen sus casos para reflexionar sobre ellos y sobre sí mismos. Es una herramienta de mucha ayuda que provee de mayor seguridad y suple en parte la experiencia que lógicamente le falta al novato. Por supuesto que no es un instrumento sólo para terapeutas noveles; es más, creo que su eficacia aumenta cuanto más expertos son los supervisados, aunque su urgencia disminuya porque se ha ido diluyendo la angustia que caracteriza a los comienzos profesionales.

He realizado durante años esta supervisión individualmente, y todavía lo hago con colegas que, por vivir en otras ciudades, no pueden ajustarse a horarios de grupo; pero, en los últimos cinco años, prefiero el formato de grupo porque lo considero mucho más útil. Se trata de grupos pequeños, alrededor de a cuatro personas, de periodicidad semanal, donde cada sesión la ocupa un terapeuta que cuenta su caso, sus dificultades y dudas, para recibir posteriormente el feedback de sus compañeros y el mío. Me interesa una cierta heterogeneidad en la composición de estos pequeños grupos: diferente nivel de experiencia profesional, práctica privada y pública, trabajo con otras técnicas complementarias a la Gestalt, concepciones más psiquiátricas, psicológicas o intuitivas, etc., todo lo cual enriquece el intercambio; los desajustes que pueda ocasionar esta heterogeneidad son muy rentables en términos de "disolver el ego", aspecto muy importante de la supervisión. El único criterio homogéneo que solicito de los participantes es el conocimiento y la experiencia personal en el trabajo de Eneagrama, herramienta que utilizo sistemáticamente y de la que volveré a hablar más adelante.

La importancia del grupo en esta manera de supervisar se me ha hecho más evidente con el tiempo: (p.73)

 

* Por la riqueza del feedback, que amplía la visión que el terapeuta tiene de su trabajo.

* Por el acto mismo de desvelar y transparentar lo mejor y lo peor de sí mismo (y no conozco otra forma más profunda de ir construyendo la seguridad interior y, en consecuencia, la potencia profesional). Además, la terapia individual corre el peligro de enquistamiento por ser un mundo cerrado entre el paciente y el terapeuta'. Algo tan "privado" puede pecar de simbiosis o de hermetismo. Traerla a supervisión, airearla, es un buen antídoto, puesto que el terapeuta, en nombre de esa intimidad, casi siempre se está protegiendo (esto sería lo enfermizo de una relación cerrada). Cuando un terapeuta se muestra y se enseña al grupo de supervisión, está disolviendo estos secretos y se está comprometiendo con su oficio y con su paciente aunque, paradójicamente, parezca que los traiciona.

* Por el apoyo que el grupo proporciona. No se trata de un apoyo neurótico, como consolar, dar ánimos, minimizar las actitudes falsas... sino el apoyo humanizador que proporciona reconocer que las propias limitaciones e inseguridades son también las de los otros, que "somos navegantes inexpertos con mapas rudimentarios", como decía Fritz Peris. He observado que, al principio, las devoluciones de los compañeros suelen ser hipercríticas y exigentes, para ir convirtiéndose con el tiempo en compasivas y denunciadoras a partes iguales.

Otra forma de supervisar es a través del registro de la sesión en video, lo cual es tanto una práctica supervisada (se filma in situ) como una supervisión de la práctica, que en este caso se trae grabada en vez de contarla. Sus  posibilidades son enormes y me gustaría utilizarla más frecuentemente si no fuera porque  exige más tiempo: visionaria, parar tal o cual escena para analizar lo postural o las intervenciones, reflexionar en un momento dado qué otras alternativas se le estaban ocurriendo al terapeuta y por qué no las utilizó, etc. Tiene el impacto de "verse", en vez de imaginar, amañar o interpretar lo que uno hace. Tiene la contundencia de lo obvio.

Últimamente, y a sugerencia de Naranjo, he probado filmar la cara del supervisado mientras observa el video de su trabajo y, aunque tengo poca práctica en ello, puedo adelantar que resulta tan potentísima esta espiral de "verse viéndose", que casi no hace falta que intervenga el supervisor.

 

 

FIN DE PARTE I



[1] Claudio Naranjo, Gestalt sin fronteras, Buenos Aires, Era Nádenle, 1993.


supervision terapeutica peñarrubia 2

Publicado el 6 de Septiembre, 2006, 6:07. en General.
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La Supervisión Gestáltica de Paco Peñarrubia

 

Tomado de:  Gestalt de vanguardia

Naranjo, Claudio (2002). SAGA ediciones. Argentina. PP. 68-88

 

 

Parte 2

 

III. Los temas de supervisión

 

Si pasamos a reflexionar qué es lo que se supervisa, el tema fundamental es obviamente el terapeuta: sus actitudes, su "awareness", su actividad. Este es el asunto central y a él le dedicaré la mayor parte de este apartado, pero quiero antes tocar otras dos áreas temáticas de la supervisión, que son el paciente y el proceso.

 

A. El paciente o cliente no "debe ser" supervisado, en principio. Con esto me refiero a que no tiene mucho sentido dedicarle tiempo a que el terapeuta se  queje de lo "malo que es su paciente", actitud ésta que aparece frecuentemente en la (p.74) supervisión, y que tiene que ver con la comodidad y el narcisismo del terapeuta que quiere "buenos pacientes", colaboradores, comprometidos, que mejoren rápidamente y nos gratifiquen; en suma, que ya sea maduro alguien que viene precisamente por lo contrario. En el comercio se dice que el cliente siempre tiene la razón, que para eso paga, y aunque no es éste el mejor símil de nuestra profesión,(5) conviene no perder de vista que el paciente ya tiene bastante con su enfermedad, y que si manipula, agrede, se resiste, etc., no está haciendo sino su rol de neurótico y es tarea del terapeuta denunciarlo y trabajar con ello. Una vez aclarado que el paciente no es el foco de la supervisión sino su pretexto, hay algunos temas que se refieren a él y que incluyo en mis supervisiones:

 

1. La patología, como mapa orientativo para la comprensión del paciente. Reconozco mi desinterés hacia el psicodiagnóstico convencional, más allá de calibrar qué nivel de deterioro del "darse cuenta” u oscurecimiento de la conciencia se está dando en esa graduación de la neurosis a la psicosis. Lo que sí utilizo asiduamente es el Eneagrama, mapa de la personalidad procedente de la tradición sufí, que aporta una caracterología de nueve tipos y veintisiete subtipos, y que enfoca el punto ciego del carácter o falsa personalidad, a diferencia de la mayoría de las psicoterapias convencionales que trabajan sobre el síntoma. No es éste el lugar para extenderme más sobre la teoría del Eneagrama (remito a los escritos de Claudio Naranjo,(6) herramienta poderosísima en mi trabajo personal y en mi actividad profesional. Reconocer el carácter o rasgo principal del paciente nos ayuda en la supervisión a entender mejor su problemática y a analizar las dificultades del terapeuta con tal tipo determinado. No se trata de etiquetar y definir la estrategia derivada, sino de entender las diferencias y estar abiertos a soluciones creativas en vez de mecánicas... Por ejemplo, comprender (e incluso alentar) la rebeldía de un paciente cuyo carácter es sobredependiente, animar a la acción (incluso si parece equivocada) a otro cuya personalidad se caracteriza por la duda paralizante, apoyar las salidas agresivas de un tercero que tiende a retirarse con indiferencia, etc.

 

2. Áreas de dificultad y de dolor no percibidas por el terapeuta. A veces no consideramos la fragilidad de un paciente, y le exigimos más de lo que puede en ese momento o pasamos por encima de su dolor por no haberlo percibido empáticamente (que es la mejor forma de calibrarlo en todo su peso). En estos  casos, lo que se supervisa realmente es la capacidad de apoyo del terapeuta, a través de la “compasión” (en el sentido más sano) hacia su paciente.

 

3. Como equilibrio de lo anterior, conviene igualmente percatarse de las manipulaciones del paciente. Reflexionar sobre cómo evita, trampea o manipula le permite al terapeuta recuperar y afinar su capacidad de frustración y denuncia. Aquí lo que se está supervisando son los recursos confrontativos del terapeuta, en relación con los juegos neuróticos de su cliente. Como decía Fritz, apoyar más de lo mínimo necesario es infantilizar al otro, y éste es un riesgo permanente en la relación terapéutica.    (p.75)

 

Hace tiempo un grupo de profesionales de diversas orientaciones estuvimos estudiando y reflexionando durante dos años sobre el poder en los grupos,(7) que sería extrapolable al poder en toda situación terapéutica. Las conclusiones a las que llegamos es que el poder se reparte al cincuenta por ciento entre terapeuta y paciente (otra cosa es que pueda hacerse un uso narcisista y abusivo del poder). Si el terapeuta cuenta con el poder de los conocimientos, la técnica, la transferencia, el dinero... el paciente cuenta con el síntoma, la resistencia, la contratransferencia, el dinero (uno cobra/ pero ¿y si el otro no paga?), etc. Este reparto del poder reafirma el tradicional concepto dialógico de la Gestalt: "YO-TÚ", frente a cualquier otra concepción paternalista y autoritaria del paciente como víctima o falto de recursos o no responsable de sus males.

 

B. El proceso. La mayoría de las veces se trae a supervisión un problema concreto y está bien que así sea, aunque tampoco hay que desestimar la revisión del proceso como totalidad. Una visión panorámica de cómo está desarrollándose la terapia me permite incidir más directamente sobre los aspectos teóricos y técnicos.

 

1. Para eso es conveniente conocer los asuntos biográficos más significativos del cliente: su relación con los padres, su cultura familiar, escenas significativas de su infancia y adolescencia. También, cómo se relaciona actualmente con el mundo: situación laboral, afectiva... así como los motivos que lo trajeron a la terapia.

 

2. Lo siguiente es repasar qué ha ido sucediendo a lo largo de la terapia, a  veces en secuencias cortas (sesión a sesión) o más largas (en tres meses, en  un año), para ver qué temas han aparecido, cuáles han podido trabajarse o no, qué está faltando como "actividad" terapéutica. Por ejemplo: enfocar más en profundidad la relación con la madre, retomar un episodio doloroso que se tocó de pasada (aborto, ruptura de pareja), replantear pautas de conducta en los casos en que hay suficiente conciencia del problema pero falta plasmarlo en la realidad (buscar trabajo, romper una relación, solucionar tal situación inconclusa, etc.).

 

3. Reflexionar sobre aquellas intervenciones del terapeuta o propuestas de  trabajo que más movilizadoras hayan resultado a lo largo del proceso: aquel día que el paciente pudo explotar de ira dialogando con su "top-dog", la sesión en que trabajamos exclusivamente a través del cuerpo y el movimiento, la denuncia y confrontación de su incumplimiento del horario o de los pagos, el día que le propuse confesar sus sentimientos negativos, o amorosos... Se trata de una reflexión sobre la técnica, sopesando qué abordajes, intervenciones, ejercicios, etc., se han revelado útiles y cuáles no en cada caso concreto, puesto que lo que funciona con un paciente no tiene por qué resultar efectivo con otro.

 

4. Pongo especial atención, en toda esto lectura panorámica, a los aspectos transferenciales (tanto del paciente como del terapeuta) y cómo ha ido evolucionando (p.76) el vínculo a lo largo del tiempo. Porque la finalidad última de este análisis del proceso es, como siempre, supervisar al terapeuta: si su actitud está siendo correctora o si, por el contrario, está reproduciendo las condiciones que han generado o perpetuado la neurosis del cliente. Tomemos un ejemplo: un terapeuta me expresaba su sensación de atascamiento con una persona desde hacía cuatro sesiones, Nos remontamos al encuentro anterior al impasse. Conforme va reconstruyendo la sesión, descubre que se sintió decepcionado porque su paciente había tomado una decisión que él no compartía, Se lo calló por falso respeto, pero ahora se da cuenta de que le ha transmitido este desencanto de muy sutiles maneras. El paciente, por su parte, ha vivido siempre con la culpa de haber defraudado las expectativas de su padre. La terapia está reproduciendo esta misma situación y cabe suponer que aquí radica el bloqueo. En otro caso, el terapeuta no pone límites a las provocaciones continuas del paciente (que ha actuado siempre así con su familia); otro terapeuta reproduce con su paciente mujer la misma ambivalencia que la marcó a ésta con su padre: hay una permanente seducción, sin conciencia, y a la vez mucha angustia a reconocer el deseo sexual que siente hacia esta paciente. En todos estos casos podemos hablar de repetición compulsiva, de actualización de lo inconcluso o como queramos llamarlo, pero no de situación correctora. La supervisión ayuda aquí a poner conciencia en lo que era mecánico, y su efecto expansivo va a modificar la relación terapéutica, a veces por simple contagio (al darse cuenta, el terapeuta cambia su actitud y eso mismo abre la terapia en otras direcciones), a veces explicitando ese descubrimiento y llevándolo a la sesión para trabajarlo con el paciente.

 

5. Por último, quiero señalar la importancia de reflexionar sobre el proceso en el encuadre grupal. Aquí es más necesaria, si cabe, la revisión panorámica para entender por qué fases ha pasado y está pasando el grupo, cómo es la cultura que se está configurando, qué mecanismos han contribuido a anquilosar la comunicación, qué tabúes y normas implícitas están actuando, etc. Existen varios modelos de grupo que son útiles como mapas (siempre que no confundamos el mapa con el territorio) y que dan luz a la hora de supervisar algo tan complejo como el grupo. (8)

C. El terapeuta. Es el objeto de la supervisión, como ya hemos venido viendo aunque habláramos del paciente o del proceso.

 

Ser terapeuta es tan difícil y arriesgado como ser persona. No lo concibo por tanto ni como un rol ni como una profesión, sino a lo máximo como un oficio (encendiendo que nos referimos a una vocación); un oficio artístico que echa raíces en el interior, que se alimenta de inseguridad y que crece apelando a todos los recursos creativos de que somos capaces.

 

La supervisión del terapeuta actualiza esta práctica tradicional de los gremios artesanales donde el aprendiz da sus primeros pasos ante la mirada más experta del maestro. Esto no quiere decir que la supervisión sólo le sirva al aprendiz. Lo que pasa es que el terapeuta principalmente tiene algo entrañable: el estado de gracia del neófito. Desafortunadamente, este estado de gracia inicial luego se (p.77) va perdiendo; cuanto más sabe uno, más cuenta se da de lo mucho que no sabe, además de perder la frescura original, los benditos riesgos de la “inconsciencia", que acaban haciéndonos más expertos y serios y,  paralelamente, más conservadores. Al terapeuta novato se le diagnostican actitudes mesiánicas y entusiastas, impaciencia por curar al otro, narcisismo omnipotente y cosas parecidas con las que (no[1]) estoy de acuerdo pero no censuro. Yo creo que sin narcisismo (si es que esto puede concebirse) nadie se metería en este oficio tan complicado y comprometido. Así es que concluyamos que dicho narcisismo es, en primer lugar, inevitable y, en segundo lugar, útil como motor profesional y, por último, tema fundamental de trabajo interior, ya que antes o después uno acaba descalabrándose, y de eso se suele aprender mucho.

 

Pero vayamos paso a paso, exponiendo los temas de supervisión que con más frecuencia me he encontrado en torno al terapeuta.

 

1. La relación es el ámbito fundamental de la terapia, donde confluyen terapeuta, paciente y proceso. La terapia así entendida no puede impartirla ni un libro ni un ordenador bien programado, sino que es el resultado del encuentro humano. Pero la relación es algo más que el encuentro físico: su potencia transformadora y curativa depende de la actitud del terapeuta/ y no olvidemos la primacía de la actitud (en palabras de Claudio Naranjo) sobre los recursos técnicos.

Supervisar la calidad de la relación terapéutica nos lleva a reflexionar sobre la presencia y el contacto del terapeuta.

 

2. La presencia. Si el terapeuta "no está" (o está sólo físicamente), la relación queda desposeída de todo contenido humano real, A eso se refería Fritz al  decir que el gestaltista combina frustración y simpatía, mientras que el  terapeuta apático (el que no está) de poco sirve.

Esta es la forma más burda de ausencia (desinterés, estar en otra cosa...) pero hay formas más sutiles de falta de presencia. La que he observado más a  menudo en supervisión es cuando el terapeuta se desconecta de sí como persona y se queda en el rol. Entonces, actúa como se supone que debe ser el terapeuta ideal: maduro/ neutro, respetuoso, "sabelotodo",.. enmascarándose en este modelo y desapareciendo tras él. Otras veces, el terapeuta se ausenta en sus diálogos internos teórico-técnicos; desaparece como interlocutor y se dedica la sesión a sí mismo o, mejor dicho, a su intelecto, a su "maquinita de hacer terapia": diagnosticando mentalmente, interpretando, sopesando qué intervención sería más eficaz... Incluso pone en práctica esa intervención brillante o ese ejercicio estupendo, y cuando el paciente lo juega tampoco lo escucha porque está imaginando qué dirían otros colegas si le vieran este bien hacer, o cómo admiraría su maestro semejante creatividad...

Digamos, en resumen, que d terapeuta no está con su paciente, y suelo ser bastante confrontativo cuando percibo en la .supervisión esta falta de presencia real, de estar entero y comprometido, tanto si se trata de una practica in situ (con preguntas del tipo: ¿para quién estás trabajando?) como en la supervisión de casos, donde tengo bastante buen olfato para saber si el caso me lo están  “enseñando" (p.78) a mí y a los compañeros de supervisión pero no compartiéndolo desde dentro. Aunque suene a generalización, tengo constatado que la misma actitud que aparece en la supervisión corresponde a la que el terapeuta tiene con su cliente, así es que me fío mucho de lo que observo en el presente de la supervisión para denunciar la falsedad de la pseudopresencia en la terapia.

 

3. El contacto. Seguimos hablando de lo mismo, ya que, si el terapeuta no está, tampoco puede contactar con el otro. La contrapartida del terapeuta que se pone técnico y profesional es que con quien contacta es con un caso, no con una persona, y la relación se convierte en un juego de fantasmas.

Si el terapeuta considera grave ese "caso", suele asustarse, y el miedo va a restarle mucha de su potencia y de sus recursos terapéuticos. En supervisión, cuando indago qué temores tiene el terapeuta hacia su cliente, por qué no está siendo claro y asertivo con él, etc., es frecuente que aparezcan respuestas del tipo: "si le digo eso, se desmorona", "si le frustro, temo que se suicide", "no puedo tratarlo de otra manera porque está muy deprimido". Incluso si están percibiendo bien la patología del paciente, suele haber un plus de fantasía (de zona intermedia o maya/ como diría Perls) que desvirtúa el contacto porque sólo deja ver la enfermedad. También podemos entenderlo como proyecciones del terapeuta (su propio miedo a la locura o a la muerte), pero la proyección no es sino otra forma de romper el contacto auténtico.

Otras veces, el "caso" se considera fácil y el terapeuta hace todo el despliegue técnico adecuado para que se cure rápidamente. Este es otro tema frecuente en supervisión: la impaciencia del terapeuta, que no lo deja ver al otro como la persona que es sino como un mecanismo de relojería (neurótico, eso sí) que hay que arreglar siguiendo el manual de instrucciones. Esta persecución del éxito terapéutico tampoco permite un contacto real con el otro. El terapeuta se pone exigente, no tolera supuestos "pasos atrás" y no se percata de cuántas expectativas propias está depositando sobre los hombros de su paciente. En estas situaciones, acostumbro "alentar la recaída" del terapeuta, como Milton Erickson hacía con sus pacientes, preparándolos para las inevitables fases de contracción que sobrevienen a las fases de expansión (Naranjo dice que precisamente en la contracción está la bendición), para así disolver esta impaciencia; y no conozco mejor antídoto que referir al terapeuta a su propio proceso personal; cuánto tiempo le llevó darse cuenta de ciertas cosas, cómo éstas reaparecen conflictivamente después de creerlas superadas, qué cortas son las subidas y cuan largos los descensos... El pensamiento lineal es muy desaconsejable a la hora de entender los fenómenos humanos y los avatares de la relación.

 

4. El uso del sí. Es un antiguo aforismo de los Polsters que "el terapeuta es el instrumento de la terapia", y tenemos los videos de Fritz para no olvidamos de cómo se utilizaba a sí mismo en sus sesiones. Los límites entre implicación y neutralidad han sido objeto de reflexión y discusión en todas las doctrinas psicoterapéuticas, desde los consejos de Freud a los médicos psicoanalistas, recomendándoles como modelo "al cirujano que deja de lado todos sus afectos y aun su (p.79) compasión humana y concentra todas sus fuerzas espirituales en una  meta única: realizar una operación lo más acorde posible a las reglas del arte [...]. Aquella frialdad de sentimiento que cabe exigir del analista se justifica porque crea para ambas partes las condiciones más ventajosas: para el médico, el muy deseable cuidado de su propia vida afectiva; para el enfermo, el máximo grado de  socorro que hoy nos es posible prestarle [...]. El médico no debe ser trasparente para el analizado, sino, como la luna de un espejo, mostrar sólo lo que le es mostrado". (9)

Muchos años más tarde, Lacan propugna para el terapeuta el lugar del "muerto”, del "sujeto no deseante", que supongo que será una metáfora, porque de lo contrario se trataría de algo utópico o incluso delirante, ya que no concibo este oficio sin un genuino interés humano por el otro. Claudio Naranjo rescata de Perls este uso de sí: "Fritz también era un gran manipulador de personas y en una de mis primeras conversaciones con él definió su actividad precisamente como eso. Pero más allá, era alguien que se usaba a sí mismo,  si con 'usar' nos referimos a creer en la primacía del encuentro por encima de cualquier cosa [...]. Y además la Gestalt ha sido una inspiración a la psicoterapia en general por esa mayor libertad otorgada al terapeuta, para que éste pueda utilizarse a sí mismo como persona más que como técnico o como espejo."(10)

A la hora de supervisar, se plantea por tanto un aparente dilema: ¿cómo usarse a sí mismo y a la vez mantener esa neutralidad que parece deseable en todo terapeuta? Si tomamos la neutralidad como algo extrínseco, se convertirá en una técnica, en un enfriar el mundo emocional del terapeuta, en una represión de su contratransferencia, lo que conlleva desproveerse de una de sus mejores herramientas. El propio psicoanálisis actual desaprueba esta represión como restos del orden patriarcal infiltrados en la situación analítica: "La poca elaboración científica de la contratransferencia es expresión de una 'desigualdad social' que mentalmente aún parece subsistir en la sociedad analista-analizado y señala la necesidad de una reforma social'; ésta sólo puede provenir de una mayor conciencia de la contratransferencia. En efecto, mientras reprimimos, por ejemplo, el querer dominar neuróticamente al analizado (¡y lo queremos en una parte de nuestra personalidad'), no lo podemos liberar de su dependencia neurótica, y mientras reprimimos el estar dependiendo de él neuróticamente (¡y lo estamos en parte.'), no podemos liberarlo de su necesidad de dominarnos neuróticamente," (11) Es una herencia de generación en generación, que el candidato a psicoanalista aprende en su propio análisis didáctico por la falta de transparencia de su analista: "Hay que comenzar con la revisión de nuestra posición frente a la propia contratransferencia, buscando una mejor superación de los ideales infantiles y aceptando en mayor grado ser niños y neuróticos aun siendo adultos y analistas: sólo así, venciendo mejor la represión de la contratransferencia, se conseguirá el mismo resultado en el candidato (alumno). "(11)

Hay que tomar, por tanto, la neutralidad como algo intrínseco, como resultado del proceso de maduración interior. Perls aludía al pensamiento diferencial, al punto cero de indiferencia creativa (en palabras tomadas de Friedlaender) como un posicionamiento interior desde el cual trabajar. Claudio Naranjo traduce esta habilidad de Perls como una actitud de no apego que le permitía no engancharse, utilizar tanto los sentimientos cálidos como los negativos, y  todo ello con fluidez,(p.80) al servicio del otro y de sí en un continuum de  autenticidad. Esta neutralidad como estado psicológico (más poderosa que la "atención flotante" o el "escepticismo benevolente" de Freud) es propia de alguien con un gran desarrollo interior, lo cual no es el caso del terapeuta principiante; sin embargo, puede entrenárselo en esta dirección, y no conozco mejor camino que alentar en la supervisión al terapeuta a usarse, tanto en sus mejores recursos como en sus aspectos más neuróticos. No se puede cambiar algo si no se lo conoce previamente y en profundidad, así es que recomiendo que aprovechen el impartir terapia para conocerse mejor a sí mismos. Suelo decir en broma que nunca estaremos seguros de si lo que hacemos le sirve al paciente, pero lo que sí es seguro es que a los terapeutas nos hace crecer en la idea, aunque descontextualizada, de los Polsters, de que "la terapia es demasiado beneficiosa para dejársela sólo a los enfermos". Yo creo que es tan beneficiosa para el paciente como para el terapeuta; es más, creo profundamente que, en la medida en que nos sirve a los profesionales, nos permite contagiar salud, es decir, autenticidad o, lo que es lo mismo, aprender a ser. También he observado entre mis colegas de más experiencia que nuestro trabajo tiene sentido en la medida en que nos provee de autoconocímiento; cuando éste se va colmando, lo normal es dejar de hacer terapia, o cambiar muy significativamente la forma de hacerla, derivando hacia los terrenos de la producción creativa y artística.

 

FIN PARTE II

 

 



[1]  El agregado es de quien transcribe este texto.


gestalt supervison peñarrubia 3

Publicado el 6 de Septiembre, 2006, 6:05. en General.
Referencias (0)

La Supervisión Gestáltica de Paco Peñarrubia

 

Tomado de:  Gestalt de vanguardia

Naranjo, Claudio (2002). SAGA ediciones. Argentina. PP. 68-88

 

 

Parte 3

 

 

5. El carácter del terapeuta. Siempre se ha tenido en cuenta la patología del terapeuta o sus mecanismos defensivos a la hora de supervisarlo. Cuando se  conoce el trabajo del Eneagrama, resulta más potente enfocar la supervisión precisamente desde el carácter del terapeuta, desde su punto ciego o falsa personalidad como el conjunto de automatismos del ego que van a determinar la forma en que el terapeuta entiende, siente y actúa.

Voy a referirme a mi experiencia en la supervisión de terapeutas de diferente “carácter” y las conclusiones, más o menos generales y subjetivas, a las que he ido llegando con el tiempo.(12)

 

1.° Cuando superviso a un terapeuta perfeccionista, tiendo a despenalizar su agresividad y, paralelamente, a recomendarle que la explicite, que exprese sus sentimientos negativos y haga de ellos una herramienta terapéutica al servicio de la relación. Lo que más rigidiza a un terapeuta de este tipo es que convierte su agresión en exigencia hacia su cliente. Mi recomendación, por el contrario es que, en vez de enconarse con la enfermedad (o las imperfecciones) del paciente y exigirle que mejore, más bien le diga claramente aquello que le molesta lo enfada o lo tensa. Esto humaniza al terapeuta y permite que su cliente lo vea como persona y, en consecuencia, la relación se haga más cálida, menos técnica y basada en “principios"; si no, el terapeuta corre el peligro de instalarse en el lugar del top dog del cliente y repetir exteriormente el juego de la tortura interior que su paciente ya trae a terapia.

Otra cosa que suelo hacer es frenar la ambición terapéutica: mi experiencia con este tipo de terapeuta es que parecen querer resolver toda la problemática del otro en una sesión. En consecuencia, los invito a aflojarse y a aceptar que se  (p.81) puede hacer lo que se puede hacer, no todo de golpe: aquí, más que en otros casos, resulta cierto aquello de que "lo mejor" es enemigo de "lo bueno".

El terapeuta de este carácter suele ser bastante controlador y tiende a convertir en principios morales o ideológicos los fenómenos relacionales o transferenciales. Por ejemplo, recuerdo a una terapeuta que ignoraba los mensajes afectivos de su cliente porque había puesto todo el interés en ser "respetada" en vez de querida. La concepción "honorable" de su rol le hacía exigir respeto de su cliente, en vez de abrirse a su necesidad de ser apreciada y poder expresar también aprecio al paciente.

 

2º. Al terapeuta seductor acostumbro a despenalizarle su seducción, a ponerle conciencia, ya que la seducción consciente es una excelente arma de trabajo, el mejor sinónimo de intuición que tendría este terapeuta. Si se conocen bien los propios aspectos histeroides, se está en la mejor disposición para denunciar las manipulaciones del cliente. Tiendo a rescatar su capacidad de sintonía emocional (son excelentes terapeutas de apoyo) y, paralelamente, a frenar su tendencia a la intimidad, a hacerse "amigos íntimos" de sus clientes. Aquí, más que en otros casos, tiene sentido no olvidar las reglas del encuadre para que el terapeuta no pierda su capacidad confrontativa, pueda frustrar y aprenda a frustrarse cuando los procesos pasan por momentos de sequedad, de transferencia negativa o de impasse.

 

3°. Con el terapeuta técnico-formal, la más insistente de mis intervenciones es animarlo a que se "caliente" en sesión, que se deje emocionar y trabaje desde  sus sentimientos. Su tendencia es a instalarse en la frialdad del rol y en la eficacia técnica, con el peligro de convertirse en un buen ingeniero entrenado en la puesta a punto del robot de enfrente, Los animo a equivocarse, a perdonarse, a ser humanos y a aprovechar su simpatía natural para disolver el cristal del rol. Me descubro muy cuidadoso con este tipo de terapeutas a la hora de supervisar: si me pongo muy crítico, la herida narcisista los hace cerrarse y no recoger o elaborar, así es que aquí, más que en otros casos, se me revela especialmente útil el uso de la mano izquierda y la derecha a la vez, lo cual no me resulta costoso, porque me molesta tanto su parte falsa como me gustan su lealtad y su compromiso con el paciente.

 

4.° Al terapeuta dependiente suelo frustrarle las excesivas demandas con que viene a supervisión: "qué tengo que hacer, lo hago mal, cómo mejorar", etc.  Casi nunca respondo, sino que los hago a ellos responderse y, sobre todo,  observarse en lo que están haciendo, no distraerse con lo que falta y habría que hacer.

Otro asunto es ayudarlos a "deshacer la retroflexión", puesto que tienden a hacerse cargo de todo lo malo que va pasando, de lo que no funciona en el proceso; se cargan, en suma, de demasiada responsabilidad (en el sentido culposo).

Suelo animarlos a utilizar su "maldad", sus sentimientos negativos, para denunciar la toxicidad del paciente. Alentar esa capacidad de picar o pinchar, de "mosca cojonera", que es una de sus mejores cualidades siempre que no caigan en el exceso persecutorio (sobre todo, el subtipo "tenaz"). (p.82)

También les recomiendo estudiar, entender los procesos intelectualmente, en vez de estar permanentemente afincados en la inseguridad y la autodescalificación.

 

5.° Suelo encontrarme con dos casos de terapeuta desconectado (o quizá sería mejor llamarlo "excesivamente introvertido"). Uno viene a supervisar desde la parálisis, descomprometido con el trabajo o con una situación determinada. Aquí, suelo ser especialmente confrontativo, en sesiones más terapéuticas que  de supervisión: no concibo que no utilicen su capacidad de conciencia a la hora de trabajar, que con el buen ojo que tienen se estanquen en una actitud pasiva, congelada, de no intervenir, de "seguro que no merece la pena".

El otro caso es cuando sí hay actividad y compromiso pero sobreviene el miedo a ir más allá o a las consecuencias. Reconozco que en estas situaciones soy poco tolerante con la reincidencia en la culpa, y mi respuesta es del tipo: "Lo has hecho, pues ahora aguántatelo", como empujando para que no reculen sino que vayan hacia adelante.

En general, los animo a fiarse de su intuición para trabajar más confrontativamente o, dicho de otro modo, alentarles su parte de 8: "Eso que estás viendo, dilo", "Eso que está pasando, que te cae mal, denúncialo", "Eso que olfateas como extraño, sácalo y contrástalo con el otro". Trabajar en el cara a cara.

 

6.° Lo que acabo de decir tiene también mucho sentido para el terapeuta ambivalente, el que tiende a la paralización y a la ambigüedad para defenderse de sus temores. En estos casos, los aliento a la acción, a seguir su impulso aunque se equivoquen, a no instalarse en la duda paralizante. Suelen acudir a la supervisión para despejar sus dudas sobre si lo que han hecho es o no adecuado, en un intento de entender intelectualmente el proceso con la ayuda de la autoridad del supervisor. Precisamente esta composición mental es lo que rompe el contacto real con el paciente y con ellos mismos: no están con el otro, están con un "caso", codificándolo. También tienden peligrosamente a la proyección, y las proyecciones más frecuentes que detecto en este tipo de terapeuta son: "Me van a quitar el poder terapéutico" (si el paciente es del mismo sexo) y "Me van a seducir, me van a quitar el poder a través de la seducción" (si el paciente es del sexo opuesto). Trabajo con ellos estas fantasías que interrumpen la relación, tomando conciencia de la omnipotencia/impotencia en que se mueven internamente, del miedo que suele haber detrás de estas oscilaciones, miedo a intervenciones concretas en momentos determinados, miedo a deseos concretos y reales hacia el cliente, de los que es preferible percatarse en vez de fantasear catastróficamente. En síntesis, confiar en sí mismos a través de actuar puntualmente.

 

7° Al terapeuta suave-narcisista, que envuelve en amabilidad y sobrejustificaciones su miedo al conflicto, suelo corregirle su tendencia al happy end, a cerrar felizmente las situaciones en vez de confiar en el sufrimiento consciente.

Otro asunto que me ha ocurrido repetidamente con este tipo de terapeuta, es que a través de la supervisión me ha tocado afinarles o, mejor dicho, decidirles (p.83) en su vocación terapéutica. Mi experiencia es que están poco comprometidos con lo que esta profesión tiene de servicio. Les encanta hacer terapia, pero no para ayudar al otro, sino para su propia satisfacción: tener pacientes para que se los reconozca, por ejemplo; tener alumnos para considerarse maestros o gurúes, etc., pero todo demasiado autorreferenciado, y es parte de la supervisión ponerlos en el lugar del otro y "escuchar" la situación real del paciente.

Dada su dificultad para concretar y ser claros, los entreno para que sean más contundentes y trabajen sin red, o sea, sin planificación, sin controlar la experiencia del otro o del grupo a través de ejercicios y experimentos premeditados.

En síntesis, actuar con más riesgo y centrados en el aquí y ahora.

 

8.° Con el terapeuta duro-narcisista, mucho del trabajo de supervisión es aflojarlo frente a su paciente, trascender una expectativa demasiado belicosa, excitante y aventurera de la relación terapéutica.

También me descubro dedicando más tiempo que con otro tipo de terapeutas a la comprensión del proceso: explicar la visión panorámica y global que tengo de lo que está pasando, siento que es complementario a su percepción. Este tipo de terapeuta tiene el bendito don del aquí y ahora, la captación de lo inmediato, que es su gran poder terapéutico. Y, a la vez, adolecen del "maldito" don del pasado y futuro; por eso les viene bien reflexionar sobre los antecedentes y también por dónde pueden ir las cosas más adelante. Ensanchar la comprensión del proceso, la visión de que el paciente o el grupo puede andar en esta dirección o en la otra. De entrada son reacios a este tipo de reflexiones, prefieren la excitación de lo imprevisto, la intensidad de lo puntual; detrás de esta resistencia he ido detectando una cierta vergüenza de sentirse poco intelectuales o torpes en lo discursivo, así es que cuando se atraviesa esta dificultad empiezan también a aprovechar la supervisión para preguntar y pensar teóricamente.

 

9.° Al terapeuta sobreadaptado acostumbro a descargarlo de la concepción sacrificada y abnegada de su trabajo, Me veo convirtiéndolos en profesionales en el mejor sentido de la palabra: que puedan tomar distancia entre los pacientes y ellos. No la distancia de enfriar esa actitud amorosa que los caracteriza (aunque es parte de la supervisión animarlos a ser "malos"), sino trabajar en el encuadre del presente, no hacerse más cargo de lo necesario, no ser complacientes con las exigencias del paciente. Mantener el encuadre sin perder su cualidad humana.

También que se fíen de la intuición (que suele ser tabú para ellos); les hago preguntas del tipo: "Aunque no lo pusiste en práctica, ¿qué se te ocurrió hacer?, ¿qué intuiste, aunque no te prestaras consideración? Si no se te ocurrió entonces nada ahora, en el presente, ¿qué te gustaría hacer con este paciente,..?"

Apoyarlos en lo que consideran "egoísta" y en su intuición.

 

6. El estilo personal. Después de todo lo dicho, parece claro que la supervisión no tiene como objetivo adiestrar y mejorar gestaltistas en serie, sino por el contrario afinar el estilo terapéutico personal/ la forma en que cada uno siente y (p.84) transmite la terapia Gestalt. En este afinamiento de lo peculiar hay que considerar tanto lo mejor del terapeuta como sus aspectos neuróticos, para  reconvertirlos en útiles de trabajo, como ya hemos ido diciendo.

En consecuencia, son muy pocas las verdades generales, las normas de oro que habría que recomendarle al principiante y refrescarle al experimentado, más allá de los encabezamientos anteriores (la calidad de relación, de presencia/ contacto).

Sólo falta aludir con más énfasis a las dos intervenciones por antonomasia del buen terapeuta gestáltico: apoyar y frustrar, Podríamos decir, en general, que mucho del trabajo supervisor es confrontar al terapeuta con sus dificultades de apoyar y/o frustrar y tratar de desarrollar la parte que más le falte, a la búsqueda de un equilibrio entre ambas.

Dicho esto, siempre habrá terapeutas más empáticos-simpáticos y otros más frustrantes-confrontativos, pero es tarea de la supervisión rescatar los aspectos crueles de un terapeuta amoroso y viceversa, por poner un caso.

De nuevo, aquí tendríamos que referirnos al estilo personal, por ejemplo, remarcando la forma particular que uno tenga de frustrar; hay terapeutas que manejan bien la confrontación agresiva; otros lo hacen a través del humor; otros más, mediante vacío... Hay terapeutas que apoyan bien a través de la  palabra pero que se manejan mal en el acercamiento corporal, mientras que otros expresan mejor su empatía con el contacto físico, etc.

Hay tantas formas de hacer Gestalt como gestaltistas, y no puede ser de otra forma en una terapia que exige el uso de sí a quien la practica. El único límite que habría que considerar en esto del estilo personal es que no se convierta en fijación. Si un terapeuta, por tomar el ejemplo anterior, siempre y compulsivamente confronta con humor, habría que poner en causa esta tendencia a hacer chistes y proponerle otras maneras más directas de denunciar al paciente.

 

 

IV. Técnicas de supervisión

 

 

No quiero acabar este escrito sin aludir a algunos ejercicios o intervenciones que/ a lo largo del tiempo, se me han revelado eficaces a la hora de supervisar.

 

A. Rol playing. Seguramente la técnica más tradicional, que consiste en reproducir la sesión o situación conflictiva y desarrollarla psicodramáticamente, unas veces jugando el supervisado todos los papeles (terapeuta y paciente) y otras delegando estos roles en el supervisor o en los compañeros. Su objetivo es amplificar y entender los sentimientos que se están moviendo en la relación, con la distancia y la eficacia que proporciona la escena psicodramática. Esta técnica se presta a todas las variantes creativas de la teatralización; me resultó especialmente interesante la versión que proponen Salama-Castanedo: (1) "Imagina que tu paciente está comiendo con un amigo cercano en el que confía. El amigo le pregunta acerca de su terapia. ¿Qué es lo que tu paciente diría?" Entonces representamos esta conversación. (p.85)

 

En general, ponerse en el lugar del paciente resulta siempre revelador; el terapeuta se hace más responsable de sus proyecciones, entiende asuntos inconclusos que estaban perturbando la relación (casi siempre debidos a intervenciones suyas que han resentido al paciente, al que le ha tocado zonas de inseguridad y dolor no consideradas en su justa medida) y se proporciona a sí mismo un espejo crítico que le autodenuncia actitudes de las que no se había percatado: impaciencia, prejuicios, inseguridad, complacencia, etc.

 

B. Catarsis controlada. La situación de seguridad que ofrece la supervisión facilita la expresión de sentimientos conflictivos que el terapeuta ha acumulado y que, frecuentemente, retroflecta y bloquea. En muchos casos, puede ser inoportuno explicitárselos al paciente, pero sí puede aprovecharse la supervisión para que el terapeuta se libere de ellos. Un ejercicio aprendido de Naranjo me resulta muy útil en estos casos:

- Se le propone una descarga frente al cojín donde imaginariamente situamos al paciente, animándolo a la expresión más genuina y descontrolada de que sea capaz: resentimientos, insultos, golpes, etc., hasta considerar que el terapeuta se ha liberado de su hostilidad.

- Tras la descarga, reflexionamos sobre qué aspectos agresivos-confrontativos merece la pena aprovechar y convertirlos en herramientas de trabajo para la próxima vez. Por ejemplo, el terapeuta puede descubrir que su enfado es legítimo porque el paciente no está.colaborando, o lo agrede sutilmente, o lo maniata... No va a pegarle por ello, pero vemos qué otras formas se le ocurren para frustrar o denunciar estas manipulaciones.

- Reproducimos una "sesión correctora" mediante "sillas calientes",donde el terapeuta practica ahora lo descubierto, siendo claro y directo en su confrontación, sin caer en agresiones destructivas ni en amenazas ni en retroflexiones, ni culpabilizaciones soterradas ni tantas otras formas neuróticas del mal uso de la agresividad.

 

C. Preguntas exploratorias. Muchas veces, la intervención del supervisor se dirige a explorar la conciencia del terapeuta por medio de preguntas que lo remiten a sí mismo. Por ejemplo, en vez de investigar lo que no supo hacer o en qué se equivocó, resulta más poderoso preguntarle "¿cómo te traicionaste?", entendiendo que la interpelación no es de corte técnico-teórico, sino que se refiere a su actitud; cómo desestimó su intuición o su percepción, en qué se distrajo, qué temores o fantasías catastróficas quebraron su presencia...

Otras veces pregunto "en qué momento dejaste de acompañar al paciente"/ sobre todo cuando el terapeuta alude a que "se perdió, se quedó en blanco" y otras expresiones confusas. Me interesa aquí revisar detalladamente la  secuencia para descubrir qué distorsionó la escucha del otro.

Otras preguntas van dirigidas a conocer la intencionalidad del terapeuta (que no siempre es consciente de las metas que se ha marcado): "¿Qué quieres que ocurra?, ¿qué estás intentando que le suceda al paciente?" Esta exploración ya es (p.86) en sí misma válida si el terapeuta le pone palabras a aquello que no se había dicho. También, porque a veces sirve para codificar la intuición, lo que uno no sabe hasta que no se detiene a verlo. Y, la mayoría de las veces, porque desvela los estereotipos con que uno se está manejando, los supuestos, lo que presuntamente debe ocurrir en una "buena terapia", sin considerar la situación real aquí y ahora.

 

D. Revisión de la hipótesis de trabajo. En relación con lo anterior, detrás de una intervención o propuesta del terapeuta hay una hipótesis de trabajo no explicitada, que conviene revisar para no caer en excesos interpretativos. Si se le propone al paciente un diálogo con su madre, o una movilización corporal o la auto-observación de su postura, es porque alguna idea tenemos acerca de lo que le pasa y cómo abordarlo. Es también tarea de la supervisión reflexionar sobre esta hipótesis, contrastarla con otras posibles alternativas y escuchar las aportaciones de los compañeros. También yo comparto mis propias experiencias si vienen al caso, sobre todo aquellas que el tiempo y la madurez han ido seleccionando como más adecuadas,

Esta reflexión sobre la hipótesis conviene no confundirla con desarrollar estrategias, algo en lo que no creo y que nos remite de nuevo a la estrechez de trabajar con metas estereotipadas. Más bien se trata de lo contrario, de cuestionar las creencias, los introyectos, la ideología del terapeuta e incluso sus ideas locas o fijaciones.

 

E. Terapeuta "loco" - Terapeuta sano. En determinadas situaciones de  impasse, resulta desbloqueante permitirle al terapeuta ser más neurótico e inadecuado de lo que se está dejando ser. Más o menos la invitación viene a ser ésta: "Si fueras un terapeuta loco, ¿qué harías en esta situación? (o con este paciente)." Generalmente, esta despenalización produce una considerable cantidad de respuestas espontáneas y creativas, susceptibles de ser aprovechadas.

Cuando hago entrenamiento creativo, favorezco que todo aquello que los alumnos van descubriendo a lo largo del grupo como neurótico y enfermo (lo peor de sí), lo utilicen a continuación en sesiones experimentales, jugando a ser, por ejemplo, un terapeuta provocador o malintencionado, o que exageren su seducción o su desinterés por el paciente. Los resultados son tan paradójicos como estimulantes y, aunque en la forma parezcan sesiones caóticas, en el fondo descubren recursos insospechados.

También he observado en supervisión el valor del ensayo opuesto: proyectarse en el terapeuta sano que pueden llegar a ser. Concretamente, cuando el supervisado manifiesta un fuerte enganche emocional con su paciente y no puede dejar de perseguirlo o de frustrarlo por más que haya descubierto la ineficacia de esta actitud, lo invito a una proyección en el futuro; "Imagínate que han pasado los años y eres un terapeuta más maduro... estás más en paz contigo... tienes más libertad interior... ¿Cómo resolverías esta situación?" Generalmente, esto abre la conciencia y amplía el punto de vista, y he de decir que imaginarse loco o imaginarse sano suelen tener una equivalencia sorprendente, no tanto en la forma (p.87) como en la actitud que provocan en el terapeuta. Ambas promueven la fe en la autorregulación organísmica, la esencia de la buena Gestalt y del buen terapeuta gestáltico.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

 

(1) * Feder, B, y Ronall, R. (1980); Beyond the Hot Seat, Nueva York, Brunner Mazel.

     * Marcus, E. (1979): Gestalt Therapy and Beyond, California, Cupertino.

     *Salama, H. y Castañedo, C. (1991): "Manual de Psicodiagnóstico, Intervención y

                          Supervisión para Psicoterapeutas", en Manual Moderno, México.

     * Juston, D.: "Le transferí en psychoanalyse et en Gestalt-Thérapie", La boite de

                           Pandare, Lille.

      * Ginger, S.; "Pour une supervisión specifiquement gestaltiste", en Ponencia del 4.°

                            Congreso Europeo de Gestalt, París, mayo de 1992.

(2) * Harman, R. y Tarleton, K, B. (1983): "Gestalt Therapy Supervisión", en The

                            Gestalt Journal, Vol, VI, N."1.

(3) * Chevreux, A, E: "La supervisión: terapia del terapeuta", en Boletín de la

                          Asociación Española de Terapia Gestalt (AETC), N.0 12, Madrid.

(4) * Rams, A.; "Reflexiones sobre la supervisión en Gestalt", en Boletín AETG,

                          números 9 y 10, Barcelona, 1989.

(5) * Joan Garriga alude a cuatro símiles o metáforas: "La figura del terapeuta como

                        Sacerdote, Prostituta, Científico y Gurú", en Boletín AETC, N.° 12.

                        Madrid, 1991.

(6) * Naranjo, C. (1990): Ennea-Types Sfnictures, California, Gateways.

         ————"ProtoanálisiV, en Actas de! ¡I Congreso Internacional de Terapia Gestalt, AETG,

                           Madrid, 1987.

         ————(1990): La vieja y novísima Cestait, Cap. 19, Chile, Cuatro Vientos.

(7) * Peñarrubia, Valiente, López, Jiménez y otros: "El poder en los grupos terapéuticos", X Symposium

                           de la Sociedad Española de Psicoterapia y técnicas de Grupo, Puerto de Sta. María.

                           Cádiz, SEPTG, 1982.

(8) * Peñarrubia, F: "Terapia Gestáltica Grupal", Resista Clínica y Salud, N." 2, Vol. 2, Madrid, Colegio

                           Oficial de Psicólogos de Madrid, 1991.

(9) * Freud, S. (1980): "Consejas al médico sobre el tratamiento psicoanalítico", en Trabajos sobre

                            técnica psicoanalítica, Obras Completas, Buenos Aires, Amorrortu, Vol. XII,

(10) * Naranjo, C. (1993): Gestalt sin fronteras, Buenos Aires, Era Naciente.

(11) * Racker, H, (1986): Estudios sobre técnica psicoanalítica, Buenos Aires, Páidos.

(12) * Estas reflexiones siguen el hilo de mi propia intervención en el I Symposium Internacional de

           Eneagrama (Alicante, diciembre de 1993), donde coordiné la mesa redonda sobre "La supervisión

           de terapeutas según el carácter".

 

 


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